¿QUIÉN SE COMIÓ MI PAÍS?

El país está sin dólares, la política monetaria sigue dando tumbos, no sabemos si por incompetencia o porque todo obedece a un plan para terminar de completar la ruina en marcha. Las necesidades del país van en aumento; la escasez de productos no es una invención de nadie; la falta de agua en muchas regiones es dramática, el agua para el riego de la tierra, y en modo particular de aquellas que fueron expropiadas, brilla por su ausencia; los programas de vivienda tan políticamente promocionadas están boqueando; los problemas de electricidad siguen allí, los apagones regresaron de manera agresiva; el gobierno no sabe cómo hacer las cosas bien y, por supuesto, la respuesta hasta ahora silenciosa de la gente es que 80% de los venezolanos decimos que las cosas van de mal en peor y sin remedio aparente.

Hace pocos días el partido Copei por boca de su presidente, Roberto Enríquez, denunció, con las soluciones correspondientes para poder revertirlos, que en la banca internacional existen depósitos de venezolanos cercanos a los 450.000 millones de dólares de los cuales más de 350.000 millones no han podido justificar su procedencia. Estos datos los reveló Roberto Enríquez después de una reunión con funcionarios del Banco Mundial; y a uno, pobre mortal de esta pradera, solo le cabe preguntar ¿cómo es esa vaina?, ¿a quién o quiénes pertenecen esos reales?, ¿de dónde salieron?, ¿por qué sus dueños no dan la cara? No creo que sean muchas las respuestas a estas  interrogantes, pero si usted les pregunta a los venezolanos de dónde salieron esos reales, un coro gigante le dirá que salieron y salen de  la corrupción, del narcotráfico, de las armas compradas a los rusos, de las importaciones de alimentos, del fondo chino, de los bachaqueros mayores y de aquellos que convirtieron el bachaqueo en empresas con alta rentabilidad, que hacen estragos dentro y fuera del país, de los dólares de Cadivi manejados en su mayoría por grupos privilegiados afectos al régimen y sobre todo al dinero.
El asunto es muy grave y amerita una respuesta contundente de todos los sectores que hacen vida nacional, porque esos 350.000 millones de dólares salieron del bolsillo de todos los venezolanos para ingresar en los bolsillos de esa fauna funesta que son los corruptos, formada, entre otros, por los comisionistas, los funcionarios corruptos, los lavadores de dólares, los que tienen patente de corso para robar protegidos las veinticuatro horas del día por la impunidad y la injusticia tarifada, tal y como lo reveló en su momento Aponte Aponte y lo acaba de demostrar la nulidad decretada sobre el juicio del maletín de Antonini con 900 millones de dólares que no es concha de ajo, sin contar aquellos de los cuales no nos hemos enterado los pendejos del patio.
Que haya en esa lista jóvenes con menos de 30 años, sin ser beneficiarios de herencia conocida o actividad gerencial que lo justifique, con fortunas que van desde 70 millones a 5.000 millones de dólares, más que una simple pista, es una evidencia de que ese dinero tiene origen más que dudoso y una prueba  contundente de un crimen monstruoso contra el país. Dinero sucio que no cubrió los procesos de legitimación de capitales y que han sido descubiertos gracias a los últimos cambios en las leyes financieras que han debilitado la fortaleza del secreto bancario como parte del esfuerzo de la comunidad internacional para combatir los dineros provenientes de la corrupción, del narcotráfico y del lavado de dinero. A este punto es bueno que se sepa, para nuestra gran vergüenza, que Venezuela está catalogada hoy día por Transparencia Internacional, organismo que se ocupa de escudriñar los laberintos siniestros de la corrupción, como el país más corrupto del mundo. Lo que sorprende de este hallazgo es que no se haya producido un revuelo mediático importante, que el gobierno guarde silencio sobre tal atrocidad y se limite a allanar las sedes de ese partido, tirotear algunas de sus casas y pedir su inhabilitación política, y a decir que decir que ni Enríquez ni Copei son autoridad y a pedir que se inhabilite a ese partido, y que la misma oposición no haya manifestado todavía su posición sobre tan  maloliente descubrimiento.
Ahora uno entiende cómo unos funcionarios venezolanos en un restaurante de París pagaron 17.000 euros por una botella de Petrus sin parpadear, ni soltar una lágrima, lo cual los habría hecho miembros natos de aquella famosa peña parisina que se denominó El Club de los Grandes Estómagos, grupo que se reunía en la calle Montergueuil, en el restaurante Philippe, dirigido por un famoso cocinero que en vida se llamó Pascal. Este grupo formado por doce personas se reunía todos los sábados hasta el domingo a mediodía con el solo propósito de comer, es decir, se trataba de un festín de 18 horas en el curso de las cuales a aquellos pantagruélicos comedores se les servía vino de Madera, a manera de aperitivo, para luego proseguir con un desfile de platos impresionantes donde aparecían rodaballos, filetes de vaca, pierna de cordero, pularda, lengua de ternera, sorbetes de marrasquino, pollos asados, cremas, tartas y pastelería, bañado todo con 6 botellas de borgogna por comensal. A partir de la medianoche y hasta las 6:00 de la mañana, tomaban té, caldo de tortuga, pollo al curry, salmonetes con cebolletas, chuletitas de corzo con pimienta, filetes de lenguado con puré de trufas, alcachofas, sorbetes de ron y gallinas de cebadas de Escocia al whisky, acompañados estos platos con 3 botellas más de borgogna y otras tres de burdeos por cabeza. Como último acto, y ya para despedirse hasta el otro sábado, sopa de cebolla, pastelería, champaña, café y licores varios. Robert J. Courtine, también conocido como Robert J. Courtine, comentaba “a estos señores les queda toda la semana para descansar”.
Obviamente los autores de comilonas tan extravagantes eran personas ricas en estado de vagancia permanente, en cambio, nuestro hombres de los Petrus, de los Patek Philipe, Rolex, vestidos con trajes de Hermenegildo Zegna, corbatas Hermes, Brioni o Marinela, perfumados con los aromas de Carolina Herrera, zapatos con piel  de cabritillo y reservas muy frecuentes en el L’Arpege, Aragawa, Toqué, Masa, son personas que trabajan todos los días en función del dinero sin importarles ni métodos, ni ética. Esos son los tipos que se comieron no mi queso, sino mi país. 

Por: Rubén Osorio Canales

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